domingo, 25 de diciembre de 2011

Dios


Déjame llorar
Déjame lamentarme de mi suerte cruel
¡Y que anhele la libertad!

Lascia ch'io pianga.
Lascia ch'io pianga mia cruda sorte,
E che sospiri la libertà!


(Abajo música)




Luz en la oscuridad   (Light in the darkness, George Heath, 1844-1869)


Cuando el alma es abrumada por la penumbra,
la tristeza, el dolor y la preocupación;
cuando el futuro parece oscuro como la tumba
y el presente un golfo de desesperación;

Cuando la vida parece una plaga solitaria,
una carga que llevamos diariamente;
cuando la esperanza huye rápidamente
y el placer lejos se desvanece;

Cuando el alma se atormenta en soledad
y regaña su destino inmutable;
cuando el corazón en roca parece coagularse,
detrás del peso insoportable de la desgracia,

tal vez un dulce e inocente niño
deposite un beso en tu mejilla pálida
y diga: "Cómo le quiero", y sonría
con una mirada de dicha inefable.

O quizás una esposa cariñosa
te ofrezca esperanza incluso en el final;
o tu mano sea aferrada firmemente
por el cálido afecto de un amigo.

Cuando hermosos y elocuentes ojos
caigan tiernamente sobre los tuyos;
cuando los corazones se compadezcan del tuyo,
mostrándote que no estás solo;

Que un rayo de luz inalcanzable
emocione tu alma y alcance tu humanidad
dispersando la penumbra de la noche
y barra hacia el día tu oscuridad.

Y así te dará nuevo coraje y esperanza,
aligerando tu carga, tus tribulaciones;
te dará fuerza para contener las aflicciones
y la desesperanza se irá.







martes, 20 de diciembre de 2011

Explosión de acumulación por defecto

Apenas huelo a vacaciones,
mi cuerpo se desintegra
al fin con espacio donde esparcirse

Tan falto de asiento
en estos últimos seis meses.


Ryan McGinley

jueves, 15 de diciembre de 2011

To let myself go





To let myself go
To let myself flow
Is the only way of being
There's no use telling me
There's no use taking a step back
A step back for me...

Ane Brun





miércoles, 14 de diciembre de 2011

El miedo


A Karen Cuppen de Lelys



‎"El miedo no es nada más que el amor patas para arriba. No trates de liberarte de él, medita y se irá por sí mismo. La energía que es el miedo se convertirá en compasión y amor espontáneamente." - Sri Sri Ravi Shankar –



Creo que el miedo es peligroso, querida amiga, que cuando tenemos miedo, nos falta ilusión, alegría de vivir y eso es lo peor que puede pasarnos. Por eso tratamos de huir de él, nos esforzamos por dejar el dolor fuera de escena para que su sombra no nos pueda.

Pero así nunca lo superamos.

Hay una manera de dejar paso al miedo, de permitirnos sentir miedo, sin que nos hunda. Todo pasa por percibir que el miedo no es más que un síntoma de cansancio. Cuando estamos cansados cualquier cosa nos desborda. Por eso no hay que tomarlo muy en serio: Darle un espacio cuando llega. Descansar. Y tener la certeza de que pasará pronto.

Para superar el miedo, entonces, podríamos escucharlo pero sin tomarlo demasiado en serio. Escuchar al miedo es cuidarnos, pero no tomarlo muy en serio es tener un plan A, un deseo por el que luchar y mantener nuestra pasión y alegría. Las dos cosas son necesarias.

¿Cuál es tu plan A, querida amiga?

El otro día en tu casa quise plantear un sencillo juego terapéutico que voy a aplicar en un taller. El juego se inicia con una pregunta:

¿Qué deseo más que nada?

Consigna: responde intuitivamente lo primero que te venga a la cabeza sin razonar si es factible o no (no son válidas las generalizaciones tipo "Ser feliz" o "Tener éxito en todo"…)

Esta es la primera parte…





martes, 6 de diciembre de 2011

Dulce comprensión



Ojalá fuera tan sencillo
como pensar que todo es un error
y el mundo mereciera ser destruido por el planeta Melancholía.


Por encima de toda miseria,
surgen gritando amapolas
en campos de trigal
y luces en la noche
como faros en la desértica carretera

para disgusto de mi estúpida inteligencia.

Necesito los días de cielos color pastel
para dejarme asumir
el talante caótico de la vida.


sábado, 12 de noviembre de 2011

El lobo

El lobo





Por el camino me siguió
(al anochecer)
Me dio la mano y me gustó
(al anochecer)
En la cañada me entregué
Muero si no le vuelvo a ver

Era mi dulce cazador
(al anochecer)
Me protegía su calor
(al anochecer)
Me partió el labio con desdén
Me dijo: esto es amor también

Bajo el sol, nuestro amor era un diamante
Lloraré por los dos, por aquel instante

Tendrás que volver a nacer
para ser mi amante

Tendrás que volver a nacer
para ser mi amante

El diablo es pérfido y puntual
(al anochecer)
Se bebe tu alma en cada bar
(al anochecer)
Dijiste: Mira este puñal,
relucirá si tú te vas.

Tendrás que volver a nacer
para ser mi amante

Me fui a esconder a otra ciudad
(al anochecer)
Camino mirando hacia atrás
(al anochecer)
Tu sombra se alarga sin fin
Me matarás si vuelvo a ti

Me matarás si vuelvo a ti


domingo, 6 de noviembre de 2011

Almojábana. Un cuento gastronómico

Una semilla de diente de león suspendida en la mesa se mueve empujada por el viento. De golpe, sale embestida hacia el mar de espacio que se abre sobre la Foia de Xixona. Planea por el inconmensurable valle hacia el mar de agua dibujado al fondo nebulosamente. Ni en mis sueños, es posible imaginar un lugar tan espléndido, que sin embargo está. A pesar de lo limitado de mis ojos y de mis sueños. Oigo a Silvia Plath: "Dios mío, qué soy yo/ para que esas bocas tardías se abran a gritos/ en un bosque de escarcha, en un amanecer de flores de trigal"!... Abajo, la ciudad expira la calina espesa de sus pensamientos.

El pequeño grupo de hombres se sienta alrededor de la mesa, presidiendo el paisaje y unos deliciosos gin-tonics, para decidir y juzgar. Para Jugar, sin asumir que juegan. Me parece que de sus cabellos oscuros se desprende una maraña de trazos embrollados a lo tira de cómic. Pero yerguen sus barbillas y barrigas orgullosos del privilegio de gozar ese hermoso lugar abierto ante ellos como una geisha, recompensa de sus trasegadas vidas. Se toman en serio, y las copas preparadas con ginebra de enebro de Mahón. Se cuidan.  A su edad, estos exponentes de una ideología acomodada,  han caído ya incontables veces, pero el hecho de encontrarse aquí subraya su triunfo pese a todo.  Los reafirma con sus errores, los protege de cuestionarse. Hay que reconocer que estos hombres son maestros en el arte de la permanencia. Tienen el mérito de haber sabido competir en un mundo ahora al borde del precipicio. Desde la televisión se oye lo último de los grupos 15 M, que promulgan el cambio del sistema y alguien los compara con las almojábanas. “Hechas de aire”, dice.

Un buen arroz con conejo y caracoles;  alguna de John Ford a media tarde saboreando un Pedro Ximénez; contemplar un cuadro como Mujer friendo huevos de Velázquez, en esa sala neoclásica del National Gallery de Edimburgo donde, a la luz macilenta y racional del lugar, es más huevo frito, más mujer y más Velázquez que en cualquier otro lugar… Estos hombres saben bien de placeres epicúreos bajo control, bien racionados como los ingredientes de una receta. Les cuesta hablar de amor y en la buena cocina exudan sus humores e intentan demostrarse que no hay nada que los haga vulnerables y faltos. Son hombres sensibles a quienes de cuando en cuando, les asalta con furia la imposibilidad de ser madres, el grial, la falta que impide llegar a la completitud o evitar a ese Otro que los pone en la tesitura de sufrir. Aquí, en la cima de la Carrasqueta, donde el furor de la ciudad se observa distante y la nieve se acumula cada invierno, están a recaudo. Ningún peligro a la vista. Nada que profiera ni un leve temblor a sus acomodados asientos.

Me cuesta darles voz a esos cuatro ahí sentados. Lo reconozco. Me he acostumbrado más a mantener largos monólogos omniscientes que a fluir en la reyerta. Ahora me escudo en este relato-barrera desde el que ver los toros tras azuzarlos. Y no es porque sean ellos. Me da miedo también ceder este puesto privilegiado desde el que decido y juzgo. Desde el que juego, sabiendo que juego. Por eso, aunque me tienta la comodidad y la costumbre, no me convence este discurso encerrado en lo imaginario. Letra muerta ya transitada que no me transforma. Y como quiera que si algo tiene la condición de narrador es la consciencia (también de una misma), más que la omnisciencia, trataré de ser justa. Vuelvo entonces al narrador de Walter Benjamin, al viajero oral que crece con cada versión de su historia. Me despego de la neurosis novelística, de la mujer tras la ventana, agotada de esperar.
¡Atrevámonos a jugar! escuchemos a los contertulios... y comámonos la vida: 

¿De qué hablarán estos hombres?

Los imagino en una larga conversación sobre los últimos vaivenes de la economía, de la política, bastiones del poder-patriarca. Insistirán una y otra vez en pormenores y cotilleos sobre los titulares de última hora…  Siempre a vueltas con su indignación. Carecen de la impronta espontánea de la propuesta, del análisis constructivo, como si en ello les fuera el intelecto. Es la indignación en ellos un valor que no decrece con el tiempo, sino al contrario, aumenta en proporción al desvanecimiento de su lucha directa. Los he llegado a apodar hombres de las tres “e”, enfadados, egocéntricos, escapistas. En ellos destaca la capacidad espontánea de ladrar para defender su territorio que yo jamás tendré sin acabar tachada de histérica o hundida bajo mi propia culpa; la capacidad de disfrute de su segunda “e”  olvidándose de todo; y  el aprecio que dan a lo suyo por encima de lo demás.  Valores a la baja, lo presiento, de un reinado que empieza a desplomarse, pero que todavía domina nuestras macro y micro sociologías mucho más de lo que nos gustaría. 

Podría escuchar su discurso, recogerlo en notas, hacer una transcripción lo más rigurosa posible, incluso de  las frases que dirían en valenciano y las que no. Pero mi atención se interrumpe en otras cosas. Un fondo dulce de grillos cubre veladamente la tarde en la terraza del Pou de la Neu, mientras los hombres al fondo hablan. Me imagino haciendo una almojábana. Con aceite caliente y huevos sin batir. Acude a mi este dulce austero, ajeno a la competición de los grandes platos. La almojábana no sólo es postre y por tanto ni siquiera un plato secundario, sino que es un tercero marginal, fuera de todo canon culinario, sin ápice de sofisticación, ni si quiera de estética, improntas de cualquier postre que se precie. Un tercero sin pretensiones. Parco, simple, sin apariencias. Hueco por dentro, casi como un cuerpo sin vida.  Compuesto de todos los ingredientes para su olvido.

Les contemplo. Ríen, hablan mucho y ocultan infinitamente más. Son, no tanto por lo que dicen, sino especialmente, por todo lo que callan en medio del no silencio. Así que, como en los relatos de Felisberto Hernández, habrá que “contemplar lo que no se dice para acometer lo que verdaderamente interesa”, que decía el sincerísimo Wittgenstein.

¿De qué no hablan estos hombres?

Una mariquita se ha posado sobre mi rodilla y, al poco, echa a volar. Confirmo que eso que callan les construye. Son eso. En su discurso destella, más que en ningún otro, la claridad de lo que no se dice. Porque aunque siempre es así, en este caso, todavía lo es más, porque estos hombres aqui sentados representan el poder que se oculta característico de nuestras sociedades en crisis. El poder que se oculta y retiene, frente al que da y se muestra.  De manera que en eso que silencian encuentro la clave de todo, la explicación a todas las preguntas que yo y ellos se hacen, al hundimiento de este mundo que han creado, incluso a su propia indignación. En lo que evitan, reside su poder y su debilidad, su victoria y su fracaso. Algo que nunca responderían, si se les preguntara, que solo puedo conocer en la contemplación de lo que callan.

Saboreo la bocanada de montaña de mi infusión de timó. El día baja. Los insectos revolotean en torno a la luz de la farola. De la casa llegan acordes de la irónicas Gymnopédies que alguien ha puesto en el CD. Las ciegas y domésticas palometas en torno al "líder iluminado” parecen los atolondrados niños desnudos de las danzas espartanas que evocaron a Satié sus etéreas composiciones. Y sigo escuchando. Oigo que estos hombres eluden hablar de aquello que rebosa los vasos y son incapaces de ordenar. Y llenan de palabras los vacíos que dejan. Palabras que ensucian mi escucha. Pero acabo concluyendo que, en esencia, de lo que no hablan es de lo que podrían dar. No hay una sola propuesta en sus discursos. Dar en lugar de contener, integrar en vez de separar, compartir frente a competir. Hablan del ocaso, y no de la luz. Eluden la lógica de la luz, que funciona fuera de toda lógica, de toda linealidad racional. Esa lógica de la luz en la que uno más otro ya no son dos, de hecho, ni siquiera un número, sino un puente, como dos cipreses que unen el cielo y la tierra. Esa lógica en la que el lenguaje se torna imposible de acometer racionalmente, como la música. Y se torna fácil y dócil como una ola. Ligero y sencillo como una almojábana.

Cae la noche silenciosa y quieta. Un rayo a lo lejos enciende el cielo. La tormenta está a punto de llegar. Ellos también sienten su cosquilleo y algo refulge en sus ojos cuando escuchan las últimas noticias. Pero callan. Se acostumbraron a no hablar de ello y terminaron por considerarlo accesorio, como esa pared que se quiso olvidar colocando un cuadro. Los árboles gritan. El viento.


Noviembre, 2011.



Receta de almojábana al estilo de Tibi

Ingredientes:
-        1 tacita (150 cl) de aceite de oliva
-        1 vaso de agua.
-        250 gr. de harina.
-        6 huevos
-        4 cucharadas soperas de azúcar.

Elaboración:
Paso 1: Poner a calentar el vaso de agua y el aceite de oliva. Cuando llegue a hervir, mezclar con  la harina  para que 

escalde agitando fuertemente con una cuchara de madera.
Paso 2: Dejar enfriar la mezcla y cuando esté tibia se van añadiendo los 6 huevos, uno a uno, de manera que la masa 
embeba el primero antes de añadir el segundo. Añadir 4 cucharadas soperas de azúcar a la mezcla y volcarla en una 
llanda cubierta de papel.
Paso 3: Antes de meter al horno, espolvorear la mezcla con azúcar y canela.

Paso 4: Hornear a fuego fuerte (entre 220º- 240º) durante 20 min. aprox


jueves, 15 de septiembre de 2011

Amor y revolución en el arte: Carol Dunlop y Julio Cortázar



Carol y Julio


El misterio es total, como se ve, porque la Osita está contenta de sentirme a su lado
y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su
preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde
el alba hasta el despertar definitivo.


                   Los Autonautas de la cosmopista, Carol Dunlop y Julio Cortázar, p. 226


La noche es larga como un collar de grillos
la ventana está abierta,
nadie queda tras ella
mirando:
Retozo sobre la yerba jugando contigo, mi dragón.


martes, 6 de septiembre de 2011

domingo, 21 de agosto de 2011

El arte de volar: amor y revolución en Marc Chagall



En nuestra vida hay un solo color, como en la paleta de un artista,
que ofrece el significado de la vida y el arte. Es el color del amor.


Sobrevolando la ciudad, Marc Chagall, 1914-18






Sólo me interesa el amor, y estoy solo en contacto
con las cosas que giran en torno del amor


El paseo, Chagall, 1915-17





Si creo desde el corazón, casi todo funciona, 
si lo hago desde la cabeza, casi nada. 





A finales de los años 40, el pintor ruso-francés Marc Chagall (1887-1985) se inició en las artes gráficas e incursionó en la ilustración con trece litografías en color sobre Las mil y una noches, encargadas por el editor Kurt Wolff para Pantheon Books de Nueva York.
Dentro de esta incursión, una de sus más famosas piezas gráficas es el grupo de ilustraciones Dafnis y Cloe (1952). Su preparación lo llevó a viajar a Grecia en varias ocasiones y a ponerse en contacto con el arte griego antiguo. En Grecia visitó Atenas, Delfos y la isla de Poros. Estas litografías fueron publicadas por Tériade en 1961.
Posteriormente, Chagall realizó una carpeta de doce litografías, Sur la terre des Dieux , (Sobre la tierra de los dioses) con motivos de la mitología griega.
En esta misma línea, el primer volumen de las ilustraciones de la Odisea, de Homero, fue publicado por Fernand Mourlot en 1974. Consistió en una edición limitada de 270 ejemplares. El segundo volumen estuvo listo un año después. Para el proyecto, Chagall elaboró 82 litografías en blanco y negro y en color.

jueves, 28 de julio de 2011

El anagrama en Maya Deren (primer cine underground americano)


Maya Daren (Meshes of the Afternoon, 1943)

Un anagrama es una combinación de letras en una relación tal que cada una de ellas es, simultáneamente, un elemento en más de una serie lineal. Esta simultaneidad es real, e independiente del hecho de que normalmente se perciba en sucesión. Cada elemento de un anagrama está en relación con el conjunto, de tal modo que ninguno de ellos puede ser cambiado sin que afecte a sus series y, de este modo, afecte al conjunto. De modo opuesto, el conjunto guarda una relación tal con cada una de sus partes que, se lea del modo en que se lea, horizontalmente, verticalmente, en diagonal o incluso por su reverso, la lógica del conjunto no se ve afectada, sino que permanece intacta. [...] En un anagrama todos los elementos existen en una relación simultánea. Consecuentemente, en su interior, nada es primero y nada es posterior, nada es futuro y nada es pasado, nada es viejo y nada es nuevo… Excepto, tal vez, el anagrama mismo.

Maya Deren, Essential Deren. Collected Writings on Film by Maya Deren, MacPherson & Company: Nueva York, 2005, p. 35-36






domingo, 8 de mayo de 2011

El amor y otras cosas imposibles

Sally Mann
                                                             A Fini

Hay padres para quienes sus hijos son como chalets de una urbanización de lujo separados por grandes muros de las miradas ajenas. Pueden parecer padres modernos, que apologizan la educación en libertad limpia de credos, el desarrollo de la autonomía personal, pero, a la vez, paradójicamente, practican su ¿amor? como una forma de posesión y recelan de cualquier intromisión en sus afectos.

Creen, como en la película de Shymalan El Bosque (2004) o la de Canino (Lanthimos, 2009), que lo mejor sólo se encuentra dentro de sus fronteras, que su apellido es una forma de copyright, que fuera sólo existe peligro, lobos disfrazados, intrusos que puede hacer tambalear su puesto. Creen, no ya que nadie puede amar a sus hijos como ellos lo hacen, sino que nadie tiene el derecho de amarlos como ellos. Padres celosos, egotistas, en el argot de Onfray, que crían niños dependientes, polluelos débiles y soberbios, cogidos a sus faldas, abocados a la extinción, que les hagan sentir que sin ellos jamás podrían sobrevivir. Y, así, torpemente, acaban mostrando a sus hijos lo inútil de su hipócritamente aclamada libertad, y acaban mostrando a la vida lo destructivo que puede llegar a ser el egoísmo disfrazado de amor, disfrazado de padre o madre.

Creo que tenía seis años cuando Fini se despidió de nosotros. Recuerdo perfectamente que estábamos dando un paseo por la huerta, que me regaló un pequeño bolsito plateado de despedida, que yo tenía un nudo en el estómago, y que ignoraba lo que de verdad aquello podía suponer. Fini entonces no tendría más de 19 años y había cuidado de mi y mis dos hermanos mayores durante mucho tiempo. Recuerdo los paseos con ella,  su voz, que el primer diente se me cayó en su casa comiendo un tomate de pera. Recuerdo que tiré sin querer la bandeja del desayuno y le dijo a su madre que había sido ella. Recuerdo lo que me quería, su dulzura, lo feliz que la hacía verme y estar conmigo.

La niña de seis años de la que Fini se separó aquel día ha vuelto a mi vida de forma recurrente, como si de alguna manera hubiera quedado solidificada en mi memoria inconsciente, a espera de algo. Seis años tenía Clara,  que alegraba mis tardes de estudio cuando vivía en Madrid en casa de su abuela, Lola Vivanco.  Me viene la tarde en que escribimos juntas su primera carta de amor a un niño de clase, y la reprimenda posterior de su padre, a quien le dio un poco de miedo tanta confianza. Seis años tenía mi hija, Luna, cuando me volví a encontrar de casualidad con Clara ya adolescente en una hamburguesería de San Juan playa ¿de casualidad?

Yo estaba en los últimos años de carrera y andaba por casa unos días de vacaciones cuando sonó el teléfono. Y esto huele a cuento de Cortázar, pero juro que no es en absoluto literario. Una voz muy dulce me saludó, ¿eres Esther? me dijo, ¿a que no sabes quién soy? Pero yo lo había sabido desde el primer momento, sí, eres Fini, y ella rompió a reír sin parar de tan emocionada  ¿cómo lo has sabido?

No lo sé, Fini. Sólo sé que aquel cariño que me diste por que sí es de las sensaciones más puras que guardo conmigo. Me ha hecho sentir fuerte en los tiempos difíciles, y gracias a él tengo la certeza de que una puede ser regalada sin cercas ni límites, regalada por la vida, sólo por el hecho de existir.


domingo, 3 de abril de 2011

La levedad trágica, o el delicado y milagroso hilo de la unión

Comentarios sobre Chesil Beach de Ian McEwan (2008) y El Anillo de Moebius de Julio Cortázar (1980).

M. Lucie. Wendy, cóseme la sombra, please...

Chesil Beach, también llamada Chesil Bank, es un tómbolo, un accidente geográfico compuesto por sedimentos que el mar ha arrastrado hasta formar una lengua de 29 km. de arena y cantos rodados que protege la costa uniendo Pórtland con Dorset al sur de Inglaterra. Un puente natural creado por el arrimo del mar a la tierra y que une una isla con otra. En su obra, Ian McEwan lleva a cabo el exquisito análisis de una pareja de recién casados en su luna de miel, ahondando en sus historias personales, su origen y evolución como pareja. Dos islas, dos mundos distintos que se atraen, como los sedimentos  son arrastrados por las corrientes marinas hasta el día en que, en el marco geográfico de esta playa inglesa, impelidos de forma brusca frente a frente, se muestran incapaces de llevar a cabo su unión, la conexión entre sus oposiciones. 

Todo esto se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia, decía el replicante  antes de morir en Blade Runner (1982) tras su intento fallido por sobrevivir. El intento fallido que la historia de Ian McEwan nos despliega, dejando a cada uno de los protagonistas perdidos en el tiempo, como vacas sin cencerro que diría Almodóbar,  como fantasmes que diría Lacan, como ficciones, como unicornios de origami de Blade Runner, desconectados al fin, sin puente, ni Chesil Beach. Profunda, triste y elegante, la historia de esta novela en la que es fácil encontrase reflejado.

Y es que no hay manera fácil de llegar a forjar una conexión, que no es sino La Conexión que todo ser humano anhela para sentirse vivo y real, que la de transitar por la superficie del Anillo de Moebius que nos describe Julio Cortázar en su cuento. Transitar por Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora, agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre, no por encima o detrás sino entre Transitar en el sentido de un arrimo a lo que ya no se ordena como dios manda, acceso entre dos ocupaciones instaladas en el nicho de sus horas…, dice Cortázar tratando de explicarse poéticamente en Prosa del Observatorio (1971), allí donde el escritor argentino encuentra el impulso creativo, la conciliación entre opuestos, forma y fondo, medio y mensaje que decía McLuhan, ficción y realidad, muerte y vida, espíritu y materia, razón e inconsciencia, Oliverio y La Maga.
En el anillo que A. F. Moebius no llegó a describir hasta el s. XIX ,  los dos lados de una misma superficie se encuentran comunicados, de modo que para pasar de un lado a otro no hay que cruzar borde alguno. Así, este diseño simboliza la unión, el fluir  infinitamente continuo, como ningún otro objeto u anillo.

También en el cuento de Cortázar, como en el Chesil Beach de McEwan, dos opuestos se encuentran, dos contrarios que representan la falta del uno en el otro, y que en ello ya evidencian, una necesidad recíproca sin cuestión. También como en aquel, la situación de partida aparece objetivamente irreconciliable. Demasiada presión, demasiada premura, violencia que descompone e imposibilita cualquier comunicación, que mata las posibilidades.

Podría haber quedado en una muerte más, en una pérdida infructuosa, inútil, una muerte en vano, como también ocurre en la anterior novela y parece que fijación de McEwan llevada al cine, Expiación (2007), en la que a pesar de ofrecer un pseudo arreglo a través de la ficción, no deja de exudar un duelo inconsolable. Pero Cortázar, que es Maga y Oliverio juntos, ve en este encuentro desafortunado entre opuestos, una oportunidad para sacarlo todo de allí y contar  lo que es creativo en sí a partir de este caso aparentemente imposible y demostrar, que incluso de él, es posible crear un puente, es posible crear en fin, apasionadamente. Dotando a los polos encontrados de la comunicación que los separa, creando la continuidad entre ellos al invocar otro nivel de conciencia que carece de los límites de la superficie. Una profundidad más elevada. Un subterráneo celestial y transcendente. Y en eso, la cita de Lispector (¡qué grande, Clarice!) en la introducción al cuento: Imposible explicarlo. Se iba apartando de aquella zona donde las cosas tienen forma fija y aristas, donde todo tiene un nombre sólido e inmutable. Cada vez ahondaba más en la región líquida, quieta e insondable.

Morir al tú superficial e ignorante y nacer al tú-otro que es un tú más real. Morir, sin lugar a dudas. Y la bailarina Natalie Portman muriendo blanca, tras lograr la conexión sublime, perfecta, naciendo a su Cisne Negro.  Despertando al otro en ti, donde antes anduvo durmiente y en eso era deseo imposible, proyectado y devastador, despertando a un deseo esta vez real. Y Abraxas siendo dios y diablo a la vez, y Sinclair al fin siendo a la vez su ansiado Demian, y así pasar de un estado cubo, de reglas, límites definidos o circunstanciales, propios de la vida en la superficie que los difiere, hasta llegar a un estado ola, o estado anguila, o estado cisne negro, o señal de Caín, en que los que eran dos se dan la mano y el deseo fluye en paz ya como uno, sin continente, trascendido lo físico, lo efímero del ser.

Chesil Beach




miércoles, 23 de marzo de 2011

Moebius


Canon Cangrejo o palíndromo musical de J.S. Bach


Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora,
agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre,
no por encima o detrás sino entre…
            J. Cortázar


Me alejo
y apareces
más cercano.

Para llegar más allá
me repliego.

Concedo un calado leve a tus palabras,
a tu yo ontológico,
para no dejar de ahondarte
cada vez más profundo
en el devenir del hacer.

Trasciendo lo vacuo
para poder verlo,
y me burlo de lo grave
con tal de no apartar la mirada

… Lo suficientemente playing
para detener el momento.

Y rompo las reglas
al cumplir conmigo
o me perdono de tus condenas
para ser capaz de reconciliarte.

Te desmiembro
para llevarte entero prêt-à-porter.
Te odio
para poder amarte.

Estoy liberándome
Para mantenerme dentro
Y sucumbo al deseo,
sin culpa, ni lucha, al fin,

para liberarme.


Y me digo...

que te vendes
al buscar fuera de ti al opuesto.

El círculo se cierra sólo
por el camino de Moebius



sábado, 19 de febrero de 2011

El juego del carretel

Le Plaisir (o Niña comiendo un pájaro), 1927. René Magritte











Mira el cielo, qué claro está.

Realmente el deseo es sólo un agujero
que me arrastra
a creer que hay algo más
tras su misterio.
Sólo un dolo
que me empuja a jugar.
Nunca se sacia
ni llegaré allí donde me invita.
Es su gracia.

Si al nacer lo supiéramos,
no querríamos salir de la cueva prima.
Para eso es que la ignorancia
me protege
como una segunda piel
y me induce
a bailar
como niña
al son del Fort!- Da!


Y eso
es la vida.