sábado, 13 de mayo de 2017

El embrión



Estar en el límite de la zona de confort, allí donde todo es vértigo y poder mirarte. Solo mirarte. No profanar tu templo, no salir de mi oráculo. Poder mirarte y reconocer la persona que va gestándose ¿fuera o dentro de mi? Ese embrión que de pronto ya es una miasma de suspiros y de pronto un cuerpo que comienza a definirse, a tomar volumen y encarnarse de la nada. Contemplar al delicado ser que palpita con cada luz descubierta, con cada brote sináptico, leve como el suave verde de las aguas del río, como su piel carnosa y trémula que huele a barro. A barro modelándose en el camino.
Contemplar que inesperadamente el aguamarina se vuelve roca, montaña viril que impone al vacío su impronta, conformada en el tiempo, terca y sabia. Que tu voz desnuda y vulnerable a veces, se abre en otras rotunda como la forja, como la carne de roble, como tus dientes arrancándome la boca. Esa facultad de marcar el límite con osadía y descaro aquel que no viene del trono, sino de la falta observada con obstinación. Contemplar cómo desde tu barco, sin tierra, sobre las aguas en las que flotas, aprendes a marcar el rumbo, izar velas, mantener el timón y mirar a las estrellas. Mi compañero de viaje, pirata, trovador y mago. Novato y Hades de tantas vidas antes ¿Puede hallarse la inocencia tras la consciencia?, ¿el comienzo tras la debacle? Y entonces, poder mirarte y saber que sí.


No hay comentarios:

Publicar un comentario