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Floración en Cieza by Fernando Galindo |
La floración. Colores
rosas que atiborran las redes, alguien que sube a un globo para contemplarla
como un hito histórico que cierra el ciclo de plantar un árbol, tener un hijo y
escribir un libro. Ediciones y grupos de fotografía, carteles con ramos impostados
en los comercios. “Me encanta la vida”, me escribe un amigo de allí. Les
encanta la vida a los ciezanos, el disfrute, las habicas tiernas, los tomates
con sabor a río, a tierra dulce de acequia árabe, las patatas asadas con ajo,
los caracoles chupaeros. El pueblo que más cerveza consume de España, los santos bailando en la Esquina del Convento vestidos por artistas anónimos que se quedaron para eso y los anderos que comulgan en bandada por los bares tras
dejar a sus novias en casa. La
Floración. Y los atardeceres que se extienden sobre kilómetros y kilómetros
de mantos corales, fusias, malvas
y perlados, que recortan las palmeras de la casa de Las Delicias. Esa que me mira
siempre, mientras la brisa de la vega corre entre nosotras y empapa de olor a
barro y caña el seco sopor de las tardes de interior.
Cieza-primavera,
Cieza-renace. Ata los cabos de sus mástiles con acierto a aquello que en ella
nunca pasará, con la tenacidad que patea a diario las faldas de su Atalaya, con
la exaltación con la que se come un ciruela madura a media mañana. Hasta el
hueso. Y espera a que el viento la empuje.
La vie en rose, el optimismo de siempre.
Pero no. Hay una tristeza nueva nacida en la humedad del tiempo de resaca, del hundimiento. Jóvenes rotos que ya no irán a trabajar al campo ni
a los andamios, ni a las tiendas de Murcia, ni a las andas de los tronos santos,
porque saben demasiado. Llevan acumulando miradas omniscientes ¿más de una
década? Son los testigos de nuestros errores y nuestras vergüenzas. Austera y silenciosamente,
han ido tejiendo una red de verdades poderosas y oscuras que elevan una octava la
belleza del paisaje al que he estado acostumbrada, ¿podéis verlos? Ya no son
pintores ni deportistas. Ya no opositan a cátedras. Se han hecho poetas.
Comulgan con la música de las aguas de este río siempre nuevo, con los
rincones escondidos, con las sombras lapidarias bajo el último rayo crepuscular,
con la bruma, los violáceos y verdes botella de los parajes sin tránsito. Y el futuro pende de ellos. La explosión de otra Cieza más verdadera. La que no olvida. La que crece con sus caídas, con el silencio de los inviernos claustrofóbicos sin
nada que hacer, sin lugar a donde ir, con el leve aroma a lumbre de las casas
bajas en la cruda noche castellana, con el desaliento de los menos visibles, de los que no se reconocen en las costumbres enquistadas, ni en los hábitos fáciles y
su huida hacia delante, ni en la depravación de los que pretenden poseerlo todo menos
su alma. La floración siempre estalla en invierno.
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Floración en Cieza by Ruido Lejano |