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Hiroshi Sugimoto |
Echar la vista atrás y percibir la ingenuidad de todo lo hablado. Sentir vergüenza. Borrar. Y salvar apenas nada. Mostrarte sólo cuando eres inexperto y nadie espera de ti. Desde el desierto. En el destierro. Cuando es inexcusable pedir. Crear sólo en la tensión. En el estrés de la duda. Bajo crisis. Víctima de la Paradoja. Ante el precipicio de lo que está mal y lo que está peor. En el linde de la esquizofrenia. Con el azote de lo imposible arrancándote la piel.
Llegar con tu gota junto al vaso rebosante y paralizarte de responsabilidad. Tragarte la gota. Cortarte el rollo por completo. Al pedir, otras tres mil demandas se alzan paralizando la tuya omnisciente, piadosa hacia el demandado. Piadosa paralizada. Mirando a los niños jugar. Sin jugar. Forzarte a hacerlo. Y ensuciarlo todo de tachones. Y seguir sin jugar. Borrar por completo. Condenarte a muerte. Paralizarte. Escapar. Verte desde un avión, insignificante. Pusilánime en medio de un todo inexistente saturado de pronunciamientos… a los que jamás prestarías atención. Dejar de dar importancia. Pretender el desencanto como nuevo tótem. No luchar más. Hundirte hasta el fondo. Abandonarte. Pero no trágicamente. Ni romántica. Es el caer desapasionado del que no puede esconderse tras la muerte porque parte de ella. Desmitificada la muerte. Desmitificación in extremis. Y en los posos del fango, no saber nunca cómo ni por qué, descubrir algún tesoro que te rescate. Llegar al fondo siempre para salvarte. Como la ola que comienza al dejarse vencer. Dejarse llevar, perderse, para encontrarse. Lanzarse a la deriva para encontrar el rumbo. Como si en el mar estuviera la clave de todo. Y entonces en vez de abandonar, concederte una tregua. Y entonces perdonarte. Cada día, por ser pequeña, por no hacer. Perdonarte la vida. Perdonarte por tu inercia a lo imposible. Perdonar la enfermedad, la suprema exigencia.
Perdonar no perdonarte la vida, jugar con el Fantasme.
Y entonces… escribir.
Y entonces… escribir.